La supuesta promiscuidad de los gais

Hace un par de días, un señor decía que durante los eventos del Orgullo de Madrid los gais habíamos follado por media ciudad. Desde luego, su intención era la de atacar al colectivo LGTBI como herramienta de propaganda (una estrategia que viene en los manuales de hacer política desde hace siglos). Nos utilizaba para arremeter contra el partido que dirige el ayuntamiento. Sin embargo, al margen de intrigas de corte político, conviene analizar el hecho de que estamos hablando de una microhomofobia más de las que, con frecuencia, tenemos que soportar, sobre todo en este caso los hombres gais.

Desde que era joven he tenido que escuchar en infinidad de contextos y situaciones que los hombres gais somos más promiscuos que la media. Crecí con esta convicción que se repetía de forma incesante en la televisión, en los libros y en las bocas de cualquier hija/o de vecina/o. Se trata de una idea muy extendida que insinúa la supuesta depravación moral y sexual aparejada a nuestra orientación sexual. Pero vayamos a lo cotidiano, que es lo que nos interesa. Por ejemplo, cuando mis amigos heterosexuales tenían un ligue de una noche, no había comentarios de este tipo, pero si yo conocía a algún hombre en la barra de un bar y me acostaba con él, entonces casi siempre aparecía alguna voz que aseveraba:

—Es que los gais sois muy promiscuos.

Era la misma voz que emergía de entre las profundidades del sinsentido cuando alguien me preguntaba por qué no me echaba novio. “Es que entre vosotros tiene que ser muy difícil encontrar pareja porque, claro, como sois tan… tan… alegres…”. Alegres, claro. Porque llamarnos “putas” habría hecho que mi cerebro echara humo ante tamaña muestra de sapiencia.

En tales circunstancias, es inútil luchar contra la “sabiduría popular” y demandar ese supuesto estudio científico y serio (no, lo que tu primo opine no es un estudio científico serio) que avale que los hombres gais practicamos más sexo y con más parejas distintas que los heterosexuales. Enseguida, con ese rigor que asumen los cuñaos’ en estas situaciones, levantan una ceja en un gesto de superioridad que viene a significar: “eso es así, todo el mundo lo sabe”.

Lo que no aciertan a atesorar es que éste es uno de los elementos de la propaganda antigay que históricamente se ha dispuesto para demonizarnos. Junto con la tan traída y llevada promiscuidad, aparecen una serie de estereotipos bastante dañinos contra nosotros, como que no somos capaces de mantener relaciones de pareja estables y serias (nos pasamos la vida pensando en frotarnos contra cualquier ser vivo con colgajo en la entrepierna), que no podemos llevar a cabo cometidos sociales serios (cómo vamos a gobernar un país, si no pensamos en otra cosa más que en follar) o que no podemos educar ni tener hijas/os (a menos que utilicemos el columpio de cuero que usamos en nuestras prácticas de bondage para acunar bebés). En suma, que con este comentario que muchas/os se atreven a tildar de “broma indefensa” (hay que ver cómo te pones, si sólo es una bromita…) se esconden numerosas implicaciones que resultan insultantes y que, para dejarlo claro, NO TIENEN NI PUTA GRACIA.

O sea, ¿entonces somos los hombres homosexuales más promiscuos? Pues bien, siento mucho decepcionar a esa amalgama de individuos que ven a los gais como una suerte de seres depravados/iluminados que van de orgía en orgía y que se lo montan incluso en un simposio de física cuántica para matar el tiempo o en la sección de congelados del supermercado cuando acuden a comprar. Los hombres gais no somos promiscuos a todas horas, al menos no más de lo que lo son los hombres heterosexuales. Los hombres gais no estamos todo el tiempo pensando en follar, al menos no más que los hombres heterosexuales. No, los hombres gais tampoco tenemos un estilo de vida basado en la lujuria y el desenfreno que nos incapacita para mantener una conversación seria con nuestros amigos, ir a la lavandería, pagar una hipoteca o hacer nuestro trabajo, al menos no en mayor medida que los hombres heterosexuales.

Así que la próxima vez que te venga a la punta de la lengua una frase de este tipo piensa dos veces en las connotaciones que tiene, que ya está bien de decir gilipolleces.

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Un comentario en “La supuesta promiscuidad de los gais

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